HISTORIAS DEL EXÍLIO (2): ¿POR QUÉ? MADRID NO ES CIUDAD OLÍMPICA? (11.10.09)

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El otro día, al terminar la misa, fui  a la sacristía a desvestirme, y luego crucé el templo para salir y encaminarme hacia  mis clases. Al llegar a la puerta me abordó un señor de mediana edad:

-        Perdone, padre me dijo- es que he llegado tarde a misa y no  me he enterado del Evangelio de hoy. ¿Podría decirme cuál han leído?

-        El de pedir y se os dará, llamar y se os abrirá,-contesté yo.

-        Pero ¿el de San Lucas o el de San Mateo?

-        El de San Lucas, ya sabe usted que este año estamos leyendo el Evangelio de San Lucas.

-        Gracias, padre. Es que yo me levanto muy temprano todos los días y abro la Biblia y leo el trozo que me sale. Mire usted, esta mañana mismo, sin ir más lejos, me ha salido el capítulo 28 de San Mateo dijo el señor mirándome fijamente y como esperando que yo le dijera cual era el contenido de ese capítulo.

-         ¿Sí? dije yo que  no tengo ni idea de qué va cada capítulo de la Biblia

-        Ese en el que Jesús se aparece a las mujeres después de la resurrección y estas le dan dinero para que se compre ropa porque va desnudo.

Ante la cara que debió quedárseme el señor intervino rápidamente:

-        Bueno, padre, a  lo mejor era el capítulo 28 de Mateo, que ya sabe usted que Mateo tiene muchos más capítulos que Lucas.
-        Si, si dije yo sin casi poder reaccionar.
-        Padre, yo rezo todos los días continuó el señor- porque las cosas están muy mal en España y si nosotros, que creemos, no rezamos las cosas  no van a cambiar.
-        Tiene usted razón, hay que rezar mucho le seguí la corriente yo mientras intentaba alcanzar la puerta de salida.
-        ¿Y sabe usted porque no nos han dado las olimpiadas a Madrid? dijo el señor mientras me bloqueaba la salida- pues porque aquí no creemos. Mire Brasil, tienen una ciudad que se llama Sao Paulo, San Pablo, y aquí, en este país, no tenemos ninguna ciudad con ese nombre. Aunque usted podría decirme que también hay por ahí una ciudad llamada San Petersburgo y no le han dado las olimpiadas, pero claro, ya sabe usted, que donde esté San Pablo que se quite San Pedro.
No sé qué movimiento hice pero finalmente pude romper el bloqueo al que me tenía sometido el señor y alcancé la salida y salí a la calle murmurando:

-        Tiene usted razón

Debe ser que, de verme todos los días, la gente me está cogiendo confianza y se atreven a hablar conmigo porque al día siguiente al salir de la iglesia me encontré con una de las feligresas que me esperaba:

-        Buenos días, padre, quería comentarle algo, si usted me lo permite.

-        Por supuesto, dígame de lo que se trata.

-        Es que me he dado cuenta de que nunca pedimos por las vocaciones sacerdotales y usted sabe que la mies es mucha y los obreros pocos, y si nosotros, los cristianos, no  pedimos por las vocaciones al sacerdocio estas nunca saldrán.
-        Tiene razón le contesté yo- pero se habrá dado cuenta de que yo leo las peticiones que me colocan las monjas delante.
-        Ya lo sé, padre, y se lo he comentado varias veces a la madre superiora, pero no hace caso, siempre me dice que pedirán por las vocaciones sacerdotales y nunca lo hacen.
-        Bueno, pues lo hablaré con la sacristana y si no tiene problemas pediremos por las vocaciones.
-        Es que estas monjas son un muermo, padre. Viven encerradas en sí mismas, nunca salen del convento y por tanto no tienen idea de lo que está pasando y de la necesidad de rezar por las vocaciones.
-        De todos modos lo intentaré.
-        Inténtelo, padre, que necesitamos rezar mucho, porque usted se habrá dado cuenta de lo mal que está España. Ya no cree nadie, necesitamos que nos evangelicen, nos hemos convertido en tierra de misión.
-        Tampoco estará tan mal la cosa dije yo.
-        Se nota que usted no vive aquí. España es un país de ateos. Se lo digo yo a mis hijos todos los días: nunca hemos estado tan mal. Estamos rodeados de ateos y así nos van las cosas, que todos los países salen de la crisis económica menos nosotros, y eso es porque  España ya no cree.
-        Yo como llevo tanto tiempo fuera no soy consciente de estas cosas -intenté excusarme mientras emprendía la huida.

-        Créame padre que soy médico y veo muchas cosas todos los días.

Me zafé como pude de la señora y emprendí mi camino hacia clase con un mal sabor de boca porque no termino de entender muy bien a esta gente.

Menos mal que ese mismo día por la tarde llegó Robert Cornellier, productor y director de documentales canadiense. Lo conocí en Sierra Leona en 2001 cuando pasó tres semanas en St. Michael para hacer un documental sobre los menores soldados. Volvió en 2007 para rodar otro documental sobre la situación del país y estuvo algunos días en Madina.

Se puede ver algo de su trabajo en la página de su productora www.macumbainternational.com

El próximo año quiere volver a Sierra Leona para hacer otro documental sobre el país. Me escribió y  le comenté que estaba en España y la casualidad quiso que él estuviera en Paris presentando su último documental: Black Wave sobre el desastre del Exxon Valdes, en las costas de Alaska. Decidió dar un salto para verme y nos encontramos en el aeropuerto de Barajas.

Se quedó sólo un día y tuve que hacerle de cicerone por una ciudad que ya casi ni conozco. Ã??l estaba obsesionado con conocer las tapas españolas porque, me comentaba, en su ciudad, Montreal, estaban de moda. Tuvimos la mala suerte de que las tres veces que fuimos a tomar cervezas nos pusieran aceitunas de aperitivo. Robert se ha ido con la impresión de que las aceitunas son la tapa típica española.

HISTORIAS DEL EXILIO (1): AQUÍ Y AHORA (01.10.09)

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No sé. Posiblemente sea mejor comenzar por el principio, como empiezan todas las historias.

Yo estaba a punto de terminar mis vacaciones, con las maletas medio hechas, aunque, la verdad sea dicha, esta vez quería llevar pocas cosas, porque al fin y al cabo casi todo se puede conseguir en Sierra Leona y cada vez estoy más convencido de que hay que fomentar el comercio local para crear riqueza. Solo me faltaba una reunión con mis Superiores, mis jefes, de Roma que habían dicho que querían verme. Esperaba que me diesen fecha para volar a la Ciudad eterna. Me agradaba la idea de ir allí y, además de la reunión, por supuesto, encontrar a  algunos amigos a los que hace años que no veo. De pronto me llamaron para decirme que ya no tenía que ir a Roma, que el Vice General de nuestra congregación, Padre Luigi Menegazzo, pasaba por Madrid y nos podíamos ver allí. El cambio de ciudad trastocó un poco mis planes, no es lo mismo, evidentemente,  la cúpula del Vaticano o la Piazza Navona que los socavones de Madrid.

                Así las cosas, el día ocho de septiembre, día de la Virgen de Guadalupe y de Extremadura, me encontré con mi Superior. La conversación fue agradable y distendida, pero al final de ella me esperaba una sorpresa: Mis jefes me pedían que me quedase un semestre en España para descansar y reciclarme un poco haciendo algunos cursos de espiritualidad, teología o cosas por el estilo, además de echar una mano en el trabajo que los Javerianos hacen aquí.

                Era algo que no me esperaba y me cayó muy de sopetón. Tuve que aceptar con la boca, pero mi corazón lloró.

                Todavía me cuesta asimilar la invitación pero intento consolarme diciendo que después de diecisiete años de trabajo, los últimos once al frente del programa de menores soldado y Madina, tampoco me viene mal hacer un pequeño alto en el camino y descansar y también, por qué no, reciclarme un poco que ya tengo las ideas muy oxidadas. Y así intento convencerme y ver el lado positivo de todo esto. Pero estoy jodido, como nunca antes lo he estado.

                Me viene, constantemente, a la cabeza el libro de Memorias de frica y me identifico mucho con su autora, Karen Blixen. Entiendo las emociones que rezuma el libro al encontrarse la autora lejos de lo que tanto ama.

Nostalgia del color, de la luz, del sudor, del polvo, de la multitud, del ruido, de las noches preñadas de estrellas, de la luna, de las puestas de sol, del bramido de las cabras, de los tambores de la noche, de los niños que lo invaden todo, del olor a fritanga y podrido del mercado, del sabor dulzón de la papaya, del humo de las cocinas, del barro de los caminos, de las picaduras de los mosquitos, de los cantos del muecín llamando a la oración, de las cervezas del tiempo, es el sentimiento que me invade a todas horas.

                Me emociono hasta llorar cuando Paulin me manda las fotos de los cuarenta y cinco niños y niñas que este año se han graduado en la escuela infantil, y me acongojo cuando me comunica que el primer chaval de los que estudiaban en la universidad ha terminado sus cursos y ha obtenido el título de profesor de secundaria y empieza a enseñar en la escuela de Kukuna o me tiembla el pulso cuando, a través del correo electrónico, preparamos juntos las listas de las becas de los chicos y chicas que tienen que ir a la universidad, a la escuela secundaria o a formación profesional y me cabreo, por la impotencia de no poder hacer nada, cuando Patrick me cuenta que un grupo de chavales ha organizado una revuelta en la misión pidiendo mi vuelta.

                Me paso el día traduciendo horas: en Madina serán las 7:30 y estarán a punto de comenzar la Misa, en Madina serán las ocho, y Paulin estará a punto de abrir el despacho, y, así, minuto tras minuto, día tras día.

                Por lo tanto aquí estoy, acostumbrándome a la cerveza fresquita, a cruzar por los semáforos, a caminar rodeado de desconocidos, a las duchas con agua caliente, a no quedarme como bobo mirando escaparates, buscando pantalones para poder deshacerme de los colorines que llevo, sufriendo los zapatos, viendo los partidos del Madrid o del Bar§a en silencio, sentado cómodamente en un sillón, navegando en internet, buscando en bibliotecas revistas sobre frica,  teniendo una corazonada, esquivando obras,

                Y así voy de mi corazón a Madina y de Madina a mi corazón y presido la Eucaristía a unas monjas que me visten con albas bordadas y casullas brillantes, limpias, inmaculadas, en una iglesia impoluta llena de imágenes y retablos dorados. Todo muy frío, muy formal, sin cantos, sin permitir que me salte una sola línea del guión, para eso está la sacristana vigilándome. Lo bueno es que como son monjas muy ocupadas no quieren homilía. Ves, siempre hay algo positivo, incluso en las experiencias más duras.

               


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