HISTORIAS DEL EXÍLIO (3): HALLOWEEN (01.11.09)

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No sé si es el cambio de hora o los cambios tan bruscos de tiempo, pero estoy que me arrastro. Llevo días que no consigo hacer nada.

                Hoy creo que he reaccionado un poco debido al asombro que me ha causado el impacto que la fiesta de Halloween tiene por aquí. Debía haber sospechado que la globalización cada vez nos estadounidariza más ya que las últimas semanas las fruterías de mi barrio estaban llenas de calabazas y lo curioso era que la gente las compraba. Raro es el bar de la zona que no tenga su calabaza y sus telarañas.

                Ayer Madrid estaba plagado de monstruos. Iba en el metro rodeado de brujas, gente con cuernos rojos luminosos, demonios, muertes, dráculas, novias de negro, máscaras de la película screan, y algún que otro u otra que, dada mi falta de conocimiento sobre modas y tribus urbanas,  no sabría decir si lo que llevaba era un disfraz o era su forma de vestir habitual.

                Luego, esta mañana, mientras me dirigía a celebrar la misa para las monjas (que mirándolas desde el altar, alguna también me hizo dudar si no estaría disfrazada), me topé, como cada mañana de sábado o domingo, con los restos de los botellones celebrados en las distintas plazas por las que pasé. Frente al edificio de MAPFRE, entre los bancos y parterres, se veían restos de bolsas, botellas, vasos de plástico, latas de cerveza, y luego un reguero de restos que se iba extendiendo por las calles adyacentes. En estas, sobre los coches, en los portales, tiradas por el suelo, se veían muchas más botellas, algunas de ellas medio llenas o medio vacías, según el estado de ánimo del transeúnte.

                Los restos de la fiesta nocturna se mezclaban con vómitos que se esparcían por doquier. No sabría decir si es que  la gente no sabe beber o bebe demasiado o es que los jóvenes de hoy ya no tienen aguante. Todos hemos tenido la experiencia de alguna vomitona tras una noche de copas, yo el primero, pero es que aquí los vómitos son muchos.

                Así iba yo, sorteando potas y terminando de hilvanar la homilía dominical que le metería a las monjas (el domingo es el único día que me permiten predicar) cuando me dio por pensar en la felicidad. Me preguntaba si tanto botellón, tanto carnaval anticipado no escondería y tanta ganas de divertirnos a cualquier precio nos hace sentirnos felices.

El tema no me venía muy a desmano ya que el Evangelio de hoy, fiesta de todos los santos, era el de las bienaventuranzas de Mateo y ya se sabe que bienaventurado significa feliz.

                Pensaba yo que nuestra sociedad gira en torno al mito del éxito. Si no tienes éxito en esta vida no vales para nada y por eso para conseguir el éxito tienes que valer más que los demás, lo cual te lleva a querer dominar y sobresalir y esto debe crear mucho desasosiego porque, la verdad sea dicha, en esta vida hay muy pocos triunfadores.

                Cuando se nos pregunta por la felicidad nadie conseguimos dar una respuesta clara y apropiada.  ¿Qué es la felicidad?

                Como, realmente, no sabemos lo que es la felicidad la sustituimos por el placer, la comodidad o el bienestar. Cosas efímeras que se nos escapan de la mano al primer descuido y así nos van las cosas. Sobrevivimos intentando llenar nuestra soledad y angustia con sucedáneos y nos da miedo pararnos y preguntarnos si realmente nuestra vida tiene sentido.

                Mientras sorteaba los vómitos y cristales rotos, me vino a la cabeza una canción de Sabina, Contigo, donde dice:

Porque el amor cuando no muere mata

Porque amores que matan nunca mueren

                (La canción entera se puede ver, por ejemplo, en http://letras.terra.com.br/joaquin-sabina/132235/)

                Quizás la clave de la felicidad esté en esto, en ser capaz de amar y amar significa sufrir, como sufre una madre por sus hijos o el amigo que quiere de verdad. El que no ama no sufre y eso lo vemos continuamente porque en esta nuestra sociedad el amor se ha reducido a genitalidad.

                Estando en estas llegué a la iglesia y, por tanto, dejé de pensar.

                Ahora está a punto de terminar la fiesta de todos los santos y empieza el día de los difuntos. Hablando de ellos, estos días, leía en El País un anuncio en la sección de ofertas de empleo que rezaba así:

Plañideras
Buscamos plañideros/plañideras para actos funerarios. Interesados llamar.
                Luego daba un número de Madrid.


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