Estoy de nuevo en Madrid y me vuelvo a topar con el frío y la nieve. Tengo toda una semana de pruebas médicas, a ver si me encuentran algo que seguro que me lo encontrarán. Que encuentren lo que quieran mientras no me prohíban beber cerveza.
Pues eso, el otro día iba yo al médico a hacerme una radiografía de vértebras y una ecografía de abdomen y cuando salí a la puerta de casa me encontré con una ciudad casi blanca, no tanto como otras veces, y una multitud que caminaba como pisando huevos y que de vez en cuando se paraba a hacer fotos.
Después de la pruebas médicas fui a un bar a desayunar porque, como me habían pedido, había ido en ayunas. Me senté en un taburete, pedí un café solo y un donuts y me puse a leer la contraportada de El País. El bar estaba lleno de oficinistas o funcionarios desayunando.
Justo detrás de mí, sentados en una mesa, se encontraban una mujer y un hombre dando cuenta de cruasanes a la plancha con mantequilla y mermelada y café. Ella gritaba, más que hablaba, y su conversación interrumpía mi lectura.
Contaba ella que habían pasado el fin de semana en Navalmoral y que no había podido disfrutarlo del disgusto que tenía. Entendí, por la conversación, que el viernes anterior, el cura de la parroquia donde su niña lleva dos años preparándose para la comunión había sorteado los días en los que los niños y niñas la recibirían en el próximo mes de mayo y ella no debía estar muy de acuerdo con el domingo que le había tocado porque decía:
- Pero ¿Qué se habrá creído el cura ese? Decirme a mí cuando tiene que hacer la comunión mi niña, seré yo la que le diga a él cuando me viene bien a mí.
- Creo que suelen hacer lo mismo en todas las iglesias comentó, tímidamente, el acompañante tras beber un sorbo de su café.
- Así le va a la Iglesia como le va. Como sigan así se van a quedar solos. ¿No se dan cuenta de que yo tengo reservado el restaurante de la Florida desde el año pasado? Total no me pidieron nada para la señal, que no se recupera en caso de anularse y ahora va el cura y me dice que cada niño hace la comunión el día que le ha tocado.
Pausó la señora un momento para encender un cigarrillo y continuó:
- Pues a mí que no me toque los ovarios el cura ese porque mi niña va a hacer la comunión el día que tengo reservado el restaurante y si a él no le viene bien, pues pasamos de ir a la iglesia y nos vamos directamente a comer, que total no sé para que nos hace falta que la niña tome la comunión. Lo hago por mis padres más que nada, porque a mí ya ves de lo que me sirve la Iglesia.
- Ya muchos niños no hacen la comunión se atrevió a interrumpir el compañero- aunque claro, después los niños se quedan sin regalos y preguntan porque sus amigos los han tenido y ellos no.
- Pues por eso lo hago, por la niña, porque me puso de una mala leche el cura ese. Ya te lo he contado ¿no? Tenemos el catering elegido desde el año pasado, aunque tenemos que ir a probarlo un día de estos, no me acuerdo cuando. Vamos a ir con mis suegros y mis padres para que nos den su opinión, aunque a ellos todo les va bien. También tengo reservadas unas carpas, qué cuestan un dineral, por si llueve ese día, porque en mayo nunca se sabe si va a llover. Y ahora viene el cura de marras y me dice que ese día no hace mi niña la comunión, pero vamos hombre, ése no me conoce a mí.
- Si ya me lo habías comentado.
- Pues eso, menuda soy yo para que un cura se meta por medio. Mi niña hace la comunión como que me llamo Carmen. No te digo más, esta tarde tengo que llevarla a que se pruebe el vestido.
- Si es que estos curas están espantando a los pocos parroquianos que les queda dijo él.
- Una panda de amargados es lo que son, con decirte que me han jodido el fin de semana del disgusto que me llevé. Por cierto, el campo estaba precioso, estuvimos paseando el sábado por la tarde y a pesar de que estaba todo empantanado me relajó mucho. Mira, te voy a enseñar las fotos, que las llevo aquí en el móvil.
Allí dejé a los dos, ella fumando y pasando fotos en el móvil, él con cara de resignación y mirándolas mientras se terminaba su cruasán.
Me dio pena el pobre hombre que tuvo que tragarse la sesión de fotos. Me dio pena ella que estaba atrapada en el formalismo de la tradición sin sentido.
Como contraposición una película, que ahora que estoy por la capital puedo aprovechar también para estas cosas, El Erizo. La vi en los cines Renoir de Plaza de España. Cuenta la historia de una niña de once años, Paloma, de clase alta, con un plan secreto. Su familia no le hace caso, cada uno carga con sus propios traumas al amparo del status económico que tienen. La portera del inmueble parece una mujer arisca, pero en realidad es una persona culta y sensible. Un nuevo vecino, japonés, y viudo como ella, se da cuenta de lo que esconde la portera. Paloma también logra entrar en el mundo de la portera. Se crea una relación especial entre los tres personajes que poco a poco se sienten mejor mientras que a su alrededor, en el edificio en el que viven, la vida sigue su curso vacio y adinerado. El final vuelve a poner las cosas en su sitio y la realidad se impone. Dura, pero llena de esperanza. Vale la pena.
La película es una adaptación de la novela de Muriel Barbery, La elegancia del erizo.
La realidad se impone, hace frío y mañana tengo más pruebas médicas.
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