De repente ha llegado la primavera y todo se ha llenado de luz, qué alegría me ha dado tanto color y calor. Parecía que el invierno había estado esperando a que yo viniese por aquí para descargar toda su agua, nieve y frío. Ahora espero que todo eso se haya ido y podamos disfrutar de esta nueva sensación y estas ganas de vivir.
Cómo cambia todo con esta luz, se intensifican los colores, se alargan los días,… qué bonito está todo.
Ayer viajé a Madrid para poder pasar la mañana de hoy con Raquel que llegaba de Kinshasa. Es curioso ver qué poca gente viaja un sábado por la noche.
Raquel y yo desayunamos juntos y, en pocos minutos, nos pusimos al día de lo sucedido en nuestros corazones desde la última vez que nos vimos. Los acontecimientos concretos de la historia de cada uno nos los vamos relatando a través del correo electrónico y no había que repetirlos. Tenía la sensación de el tiempo no había pasado, sólo que en vez de estar sentados en la playa de Freetown tomando una cerveza Star, estábamos en una cafetería de la calle Galileo de Madrid.
Estando hablando llamó Ramón que, casualmente, estaba en Madrid, así que nos fuimos a tomar el aperitivo con Ramón en la zona de Opera. Mientras hablábamos de proyectos de futuro, de libros, blogs y películas, llamó Daher, el cónsul honorario de España en Sierra Leona, una sorpresa muy agradable y que no esperaba. Nos fuimos a comer con él y su familia en la zona de Jorge Juan. Así que el domingo ha salido redondo.
Si hubiéramos planeado el día no hubiera sido tan bonito y emocionante. Ahora estoy cansado después de tanto compartir y reír.
Mañana me vuelvo a poner en marcha y no sé cuando tendré otro momento de relax como éste.
Con la llegada de la primavera he recibido la felicitación de año nuevo de mi amiga Corinne Dufka. Ahora está en Dakar, es la directora para África occidental de Human Right Watch. Nos conocimos en Sierra Leona y la última vez que nos vimos fue en enero de 2008, cuando nos encontramos, por casualidad, en la calle principal de Voorburg, un pueblecito de postal cerca de La Haya. Tomamos un café y hablamos durante un buen rato. De vez en cuando nos escribimos y nos contamos como van las cosas. Ella felicita el año cuando le viene en ganas, como dice ella, para hacerse presente y recordar a los amigos que sigue pensando en ellos. Siempre es de agradecer. Otro gesto bonito y lleno de amor.
Por cierto, hace poco, en uno de mis bolos, volví a Albacete, a unas jornadas sobre violencia infantil organizadas en la escuela de Magisterio. Normalmente, cuando acudo a este tipo de actos, suelen regalarme un bolígrafo, pero aquí fueron más originales, en vez del consabido bolígrafo me regalaron una navaja, que por otra parte era de esperar, porque no hay nada más típico en Albacete. Pero pensaba en la incongruencia del regalo, hablábamos de la violencia infantil y me regalaron un arma. Me sorprendió.
Estoy en Palma de Mallorca. Llueve y hace frío. Ha pasado mucho tiempo desde que visité esta ciudad por última vez. No me acuerdo exactamente qué año fue, pero recuerdo que era noviembre, porque, como todos los noviembres, buscaba violetas y tampoco esa vez las encontré.
Mucho ha llovido desde entonces. En aquella ocasión vine a dar una charla y en una mañana que me quedó libre me acerqué a la catedral. Quería ver la capilla pintada por Miquel Barceló y no pude verla porque todavía no estaba inaugurada.
Ahora tengo más tiempo para hacer turismo. He podido ver las piedras de la cartuja de Valldemossa bajo una lluvia torrencial y sentir el aire helado en el puerto de Soller. Esta vez también he podido visitar la capilla de Barceló. Me he quedado en blanco ante ella. No sé. Sentado en un banco la miraba, escrudiñaba sus detalles, me quería dejar sorprender,… pero no sé. Se me escapaba el alma, me sentía transportado a un mundo misterioso, quizás al instante mismo de la Creación que se funde con la Resurrección donde surgen el Mundo Nuevo y el hombre nuevo y en la gran resaca de tanta novedad y se anticipa y se resarcía y se vengan, … todo. Fue una experiencia de vacío, de sentirme inútil y desbordado.
John Berger, el gran gurú del arte dice que “la pintura y la cocina tienen muchas cosas en común: El color, la improvisación, las texturas.” Es posible que lo mirase todo intentando descubrir algo y el ansia por descubrir no dejó sitio para el asombro, para que se deleitasen los sentidos.
Bueno, bajando a la realidad, esto está lleno de argentinos, están por todas partes: bares, comercios, restaurantes, hoteles,… Recuerdo que hace años me sorprendía que pueblos enteros de Extremadura se vaciasen para venir aquí a trabajar en los hoteles. Siempre me acuerdo de Orellana la Vieja, junto al Panto del Zújar, todos los jóvenes desaparecían, se iban a Palma porque en el pueblo no había trabajo. Ahora no se ve a ninguno de ellos, los argentinos han ocupado su lugar y, a pesar de que algunos de ellos llevan aquí más de veinte años, no han perdido su acento tan característico. Es estremecedor oír sus historias de lucha por una vida digna aunque ello suponga renunciar a su patria, nunca a sus creencias y costumbres. Qué fuerza la de los emigrantes, qué capacidad de sacrificio y superación. Y nosotros sin saber beneficiarnos de tanta riqueza.
El otro día fui a comer con mi amigo Paco, un cura de la Línea de la Concepción, que vive con cuatro marroquíes en su casa y que ahora, que está en Madrid estudiando, saca tiempo para ir a compartir en un centro de acogida de inmigrantes. Se ha enamorado de Perú a través del contacto con los peruanos que visitan el centro. Por eso no es de extrañar que comiésemos en un restaurante peruano en la zona del Alto de Extremadura. Tomamos un ceviche buenísimo que a mí me hizo recordar el carpacho que comía en Florence, el restaurante de mi amigo Franco Miari, en la playa de Sussex, Sierra Leona, y a él le provocó a contar lo llena que se había vuelto su vida desde el momento en que abrió su casa a otros de cultura y tradiciones tan distintas y lo enriquecedora que resultaba la experiencia.
Estos días he visto una película que recomiendo a todo el mundo: Amerrika, de Cherien Dabis. Una película llena de violencia: la de Israel hacia los palestinos, la del muro, la que sufre la mujer abandonada por su marido, la de las minorías, la del emigrante, la que causa la ignorancia. Violencia por todas partes y al final la sencillez, la honestidad, el amor y la familia consiguen el cambio. Fadi, la protagonista, nunca pierde la esperanza de que algún día las cosas vayan mejor.
Todo esto me hace recordar el poema de Mario Benedetti, No te rindas:
No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
: HISTORIAS DEL EXÍLIO (15): DE LO MUCHO QUE SE APRENDE FUMANDO EN ALBACETE (23.02.10)
General Sin Comentarios »El domingo pasado estuve en Albacete dando una conferencia sobre menores soldado, como casi siempre. Me sorprendió la cantidad de público que acudió un domingo por la tarde.
Tras la charla se formó la típica fila de personas que vienen a saludar y a comentar alguno de los puntos del discurso. Luego salí a la puerta a fumar un cigarro mientras esperaba el coche que me llevaría a Madrid. Diluviaba. Un señor se me acercó y me dijo que él era salesiano y que había estado treinta años en Malí. Hablamos un poco de África y de la nostalgia que los dos sentíamos de ella.
Luego, él me dijo que lo que yo había comentado sobre que armas españolas se habían utilizado en la guerra de Sierra Leona y que posiblemente ahora mismo se estuvieran utilizando en muchas otras guerras africanas era verdad porque él las había visto en Malí. Me contó que en Malí vivía un ex paracaidista español que nunca le dijo muy claramente a qué se dedicaba. Un día que fue al aeropuerto le vio controlando una serie de cajas. De una de ellas, que estaba abierta, un policía local sacó un CETME español e intentó montarlo. El ex paracaidista se lo quitó de las manos y lo montó en pocos segundos, después lo desmontó y lo volvió a meter en la caja.
El salesiano me dijo que más tarde, cuando pudo hablar con el ex paracaidista, le preguntó que para qué eran esas armas y éste le dijo que eran para Sierra Leona, que las mandaban vía Burkina Faso. Yo le pregunté al salesiano que cuándo sucedió aquella escena y él me contestó que en los años noventa, aunque no se acordaba bien del año justo.
Así, por casualidad, en Albacete, bajo la lluvia, mientras fumaba un cigarro, se confirmó lo que tantas veces habíamos sospechado y denunciado sin que nadie nos hiciera caso.
España sigue vendiendo armas. Es una empresa que, a pesar de la crisis, sigue siendo muy rentable. Sólo en el primer trimestre del año 2009 España vendió un 64,5% más de armas que el año anterior. Entre nuestros principales compradores están Irán, Marruecos o Israel, países que se caracterizan por su gran respeto a los derechos humanos.
La vuelta a Madrid fue pesada: de noche y bajo una fuerte lluvia. Al entrar en Madrid nos encontramos con un control de la policía (¿buscando terroristas?) y eso nos hizo perder mucho tiempo.
El viernes tenía cita en la Clínica del Rosario, en la calle Castelló, en pleno barrio de Salamanca de Madrid. Iban a hacerme unas pruebas de Potenciales Evocativos Auditivos. La cita era a las tres de la tarde, pero llegué un poco antes y me senté en un reborde junto a la puerta del hospital a leer el periódico mientras esperaba a mi amiga Pili que siempre que tengo que hacerme pruebas médicas me acompaña. Hacía solecito y se estaba bien.
De pronto me llamó la atención un mercedes negro que estaba aparcado junto a la verja del hospital. Lo que me resultaba curioso es que le estaban cambiando una rueda pinchada. Eso, que es algo muy común en Sierra Leona me parecía extraño en Madrid, no recordaba haber visto cambiar una rueda en medio de la ciudad nunca.
Un señor estaba agachado junto al coche poniendo el gato, había sacado todo lo que llevaba en el maletero, incluyendo los palos de golf. Una chica joven gritaba indignada junto a él y una mujer, envuelta en su abrigo de piel, hablaba por teléfono:
- ¡Qué sofocón! Lo que nos ha pasado, no os lo vais a creer, ¡Qué horror!
Enseguida llegó otra chica joven acompañada de dos guardas de seguridad que le decían:
- No vale la pena llamar a la policía, nosotros la hemos llamada muchas veces pero como son menores no les hacen nada. Cuando nos descuidamos entran en el hospital y roban de todo.
Mientras, el hombre seguía dándole vueltas a la manivela del gato hasta que el coche se le fue para adelante y la primera chica joven le dijo:
- Papá, creo que hay que echar el freno de mano. Ya te he dicho que era mejor que llamases a Asistencia en carretera o a algún taller.
El padre no dijo nada y volvió a colocar el gato. Uno de los guardas de seguridad intervino y le dijo:
- Debería aflojar las tuercas antes de levantar el coche.
Evidentemente, a este punto de la historia yo ya no estaba interesado en el periódico.
Cuando pareció que el padre controlaba la situación, una de las hijas se quedó de pie junto a él, hablando por teléfono, y la otra acompañó a la madre a sentarse junto a mí. Así que aproveché la ocasión para preguntar qué pasaba. La madre y la hija hablaron al mismo tiempo, pero al final pude entender que cuando pasaban cerca del hospital (es una calle estrecha) se acercó un chico a la ventanilla del coche con un papel en el que decía ser sordomudo y pedía una ayuda para comer.
- ¿Sordomudo?, -interrumpía la madre- sí. Rumano, eso es lo que es rumano que nos están invadiendo y este gobierno que tenemos no hace nada.
La hija prosiguió contando que rechazaron al chico y entonces sintieron que el coche se venía abajo. El padre salió a ver lo que pasaba y ella pudo ver por el retrovisor que otro chico iba directo a por la cartera del padre. Ella tuvo tiempo de gritar y avisar a su padre y los chicos salieron corriendo.
- Extranjeros –volvió a interrumpir la madre- son todos unos delincuentes, unos bandoleros, vienen aquí a robarnos y nosotros les dejamos, somos el hazmerreír de toda Europa y ellos lo saben y nosotros somos tan tontos que queremos ayudarles y les acogemos, porque encima somos tan quijotes que por no ser no somos ni racistas.
La chica siguió contándome que estaba segura de que el clavo que habían encontrado en la rueda lo habían puesto los chicos para robarles. Me decía que Madrid está lleno de menores rumanos que se hacen pasar por sordomudos y aprovechándose de la buena voluntad de la gente les roban.
Así seguimos durante un buen rato. La madre insistía que ya no se sabía a quién ayudar, porque ella que llevaba siempre ropa a su parroquia para que se la dieran a los inmigrantes así se lo pagaban.
Finalmente, el padre consiguió cambiar la rueda y mientras metía las cosas en el maletero oímos pasar a un coche con la rueda pinchada.
- ¿Lo ves? –insistió la chica joven- ahí siguen riéndose de nosotros y la policía no hace nada.
- Como no cambiemos de gobierno pronto –apuntilló la madre- no sé qué va a ser de nosotros.
Y se fue hacia el coche diciéndole al marido:
- Ahora tendremos que volver a pasar por casa para que te cambies porque ¿no pensarás ir al restaurante con esos pantalones que has refregado por el suelo?
Esta mañana he vuelto al médico, esta vez al de cabecera que tenía que darme los resultados de los últimos análisis. Me ha mandado más pruebas. Luego cogí el metro e hice transbordo en la estación de Cuatro Caminos. Bajaba en la escalera mecánica y leía el periódico. Al levantar la vista vi que en la escalera de enfrente, en la de subida, a un señor le intentaban abrir la mochila que llevaba a la espalda. Le grité:
- ¡Tenga cuidado que le abren la mochila!
Inmediatamente, las dos chicas que estaban detrás de él salieron corriendo escaleras arriba. El hombre gritó:
- Extranjeros, sólo vienen a robar.
Recuerdo que hace años, cuando yo vivía en Madrid y estudiaba en la Universidad, a principios de los ochentas, siempre estábamos hablando de robos y asaltos con navajas por la calle. Sobre todo de noche había que tener mucho cuidado. Entonces no eran extranjeros, era españoles. Ahora hemos identificado delincuencia con extranjero ¿De dónde sacó el señor de la escalera que las dos chicas que pretendían abrirle la mochila eran extranjeras? O ¿de qué deducía la familia del mercedes negro que todos los “sordomudos” son rumanos?
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