Este paso efímero por Madrid me ha dejado sin fuerzas. Confieso que tantas luces, villancicos y necesidad de comprar han desbordado todas mis previsiones. Hoy sólo me apetece dormir.
Empezó la semana con un zarpazo de invierno siberiano que me heló hasta el hígado. Gracias a Dios, mi corazón todavía sigue en Sierra Leona y, por eso, se ha salvado de congelarse y, por ahora, sigue latiendo. Me emocionó ver la nieve después de tantos años sin ella. Pero con tanto frío me costó discutir con Juan Rubio, el director de la revista Vida Nueva, para suavizar la columna que acababa de enviarle. Cada mes, desde hace ya dos años, escribo una columna mensual en esa revista. Hasta ahora hablaba de cosas relacionadas con frica o Sierra Leona, pero como estoy por aquí, cuento lo que veo en estos parajes. Al final decidimos suprimir alguna frase para no tocarle las ínfulas a algún prelado español.
El resto de los días ha sido un maratón de reuniones y encuentros para vender el proyecto de Madina al mejor postor. Frío, Metro, cafés, comidas y hoteles. Saludando, riendo, asintiendo, vendiendo. Hay crisis, no nos salen las cuentas y necesito mantener el chiringuito en pie.
Qué perdido me encuentro paseando por las calles llenas de abrigos de pieles y grupos camino de cenas de navidad. A veces me quedaba mirando a algún corrillo de señoras cuarentonas, que con sus gorros de reno, con cuernos y todo, invadía la calle intentando sentirse feliz sólo porque esta estación del año obliga a ello. Las escenas de las mujeres con cuernos, de los niños con pistolas que disparan pompas de jabón o sujetando globos de Bob esponja o su amigo Patricio, se podían entender, pero lo que no me cuadraba eran los grupos de jóvenes con pelucas de colores o de afros, como si se tratase de un anuncio de un número telefónico de información.
Tanto disfraz: abrigos de pieles, cuernos, pelucas, me hace pensar que en Madrid se vive un continuo carnaval.
Ni siquiera Sabina me sabe a Sabina en Vinagre y Rosas, se nota que las canciones las escribió en Praga y no en Madrid. Le falta la garra y la acidez que le caracteriza. Es la prueba irrefutable de la evolución, nada permanece inerme aunque a mí me gustase que todo se conservara como vive en mis recuerdos.
Parece que hasta mi genoma cambia cada día sin que yo sea consciente de ello o al menos así lo aseguraba, estos días, una noticia de El País: Cada 15 pitillos aparece una mutación en el genoma del fumador. Yo debo sufrir una media de tres mutaciones al día.
Que ahora las Navidades sean laicas o la cabalgata de Reyes (como la de Mérida) no pueda tener símbolos religiosos, parece lo natural. Hemos perdido la memoria histórica, ya ni nos acordamos de por qué guardamos estas fiestas: para comprar y regalar, no hay mucho más que celebrar.
Casi no veo la televisión, y por tanto no sé si en los anuncios siguen cantando eso de vuelve a casa por Navidad, que junto a lo de las muñecas de Famosa.. eran la banda sonora de nuestras fiestas de antaño. La que sí ha vuelto a casa ha sido Aminetu Haidar aunque a costa de que el Gobierno español reconozca la jurisdicción marroquí sobre el Sahara occidental (¿Victoria Pírrica?). Ella ha conseguido poner en la portada de los periódicos e informativos de radio y televisión la lucha de su pueblo. De repente hemos redescubierto el Sahara y hemos tenido ocasión de volvernos a avergonzar del papel jugado por España en estos últimos treinta años. Pero como todo cambia, mañana, una vez levantado el campamento de apoyo a Aminetu en Lanzarote, volveremos a relegar este conflicto al cajón donde escondemos tanta guerra y conflicto olvidado.
Los que parecen que no vuelven a casa para celebrar la Navidad, son nuestros soldados desplegados en Afganistán. Es más, el Gobierno quiere enviar allí a otros 500 soldados más. Y yo me vuelvo a preguntar que para qué sirvió sacar las tropas de Iraq. ¿Dónde está ahora la plataforma del No a la guerra? También ella ha sido engullida por el cambio y el olvido.
Yo tampoco regreso a casa, a Madina, por Navidad y me quedo, huérfano de calor y cerveza Star, enredado en el humo de los cigarros.
Este tiempo de Adviento es tiempo de esperanza e ilusión por lo que no debería quejarme tanto. He tenido la suerte de terminar mi periplo de cada día cenando con amigos que me alegraban la noche, ya que no el día: Con Puy y Montxo que nunca tienen prisa para beber una botella de vino, o dos, o tres, o las que hagan falta, compartiendo historias y planes. O con Elena y David, tan ilusionados, tan llenos de vida, compartiendo proyectos y recuerdos, y hasta he tomado café con unos vecinos de Sabina que cuentan que le ven llegar piripi todas las noches, y yo que le había creído cuando decía que ya no cierra los bares. A lo mejor algunas cosas, no muchas, nunca cambian.
3 Enero 2010 a las 22:16
Las tan grandes diferencias en este mundo tan injusto han conseguido que la navidades me pongan de mal humor.Chema, es un locura, tu lo estas comprobando y te entristece.No hay nada pero que viajar a Africa y tener de fecha de vuelta el puente de diciembre…es un horror…la gente no tiene fin en este descabellado consumismo y nada los valores se han perdido, y si tu luchas para que eso ocurra te toman por loco.
Un besazo desde Galicia, quise verte en el puente de diciembre pero me fui imposible.
28 Enero 2010 a las 11:35
No se como pueden tratar asi a los niños no se puede ser mas cruel. Espero que se consiga liberar a todos los niños que son obligados a hacer ese tipo de cosas. Que nos afectan a todos.